sábado, 29 de mayo de 2010

Soldados de Acero.

Somos soldados de acero, manos frías, corazón de tren en el ser de la estación, cuya esencia es esa dialéctica de encuentros y despedidas, donde se encuentra la eternidad de los adioses con lo absoluto de cada beso de los amantes que no se volverán a ver.

El acero en que nos hemos transformado es el ethos que ha mecanizado nuestros corazones. ¿Quién nos convirtió en soldados? Sea como sea, perdimos no sé qué guerra. Morimos en ella.

Reducidos a almas en pena, ciegos de los millones como nosotros que pueblan y sostienen el mundo, tal vez no hay más que soldados de acero curtidos y endurecidos por el trabajo y la miseria. Pero también muchos de quienes gozan de nuestra miseria y comen de nuestra hambre son también soldados de acero, con la diferencia que ellos son dominados por sí mismos, esclavistas esclavos del esclavismo.

No sé cómo ni por qué razón esta guerra continúa desde hace siglos, con diarios fusilamientos, y hasta suicidios en el campo de batalla. Los bombardeos caen del cielo de manera tan cotidiana que ya nadie se asusta ni sorprende.

¡Fantasmas, Este es un llamamiento general a botar las armas! Cuando mucho, a fusilar el alma de los generales de los ejércitos en pena. Este es un llamado a echarle carbón a nuestros trenes, que son los corazones que nos revivirán al encontrar otra alma en pena para descansar de regreso en los ahora nunca bombardeados hogares.

Solo el dasein podrá darnos la oportunidad de volver a ser uno, siendo a la vez millones. ¿Y qué carajo importa si nos equivocamos una, diez, cien veces? El único fracaso puede ser nunca haber amado, continuar con los corazones de hierro helados a la soledad .

Pero nada de esto puede cambiar si no botamos las armas e iniciamos la sublevación de los ejércitos. Liberemos a los cautivos, los rehenes, que somos nosotros mismos. Esa parte de nosotros que nos falta y mantiene siendo almas en pena sin ser.

Sin tierra, sin patria, sin familia: ni padres, ni abuelos, ni hijos. Nunca murieron, nunca nacieron. Tampoco hay compañeros ni enemigos en esta guerra. Solo graniza ese plomo que no mata, esa niebla que ciega y una lluvia constante y eterna, del más largo invierno de todos los tiempos, el huracán de trescientos años.

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